- ● En Colombia, 3.922 estudiantes fueron identificados con discapacidad visual en instituciones de educación formal durante 2024, según cifras del DANE.
- ● Actividades como escoger la ropa, organizar sus objetos, tender la cama o desplazarse pueden representar retos adicionales y, al mismo tiempo, oportunidades para desarrollar independencia.
- ● Especialistas del CRAC destacan que la participación de madres, padres y cuidadores es fundamental para fortalecer las habilidades que los niños desarrollan durante sus procesos de habilitación.
Escoger qué ropa ponerse, organizar sus pertenencias, tender la cama o desplazarse por diferentes espacios son actividades cotidianas que también pueden contribuir al desarrollo de la autonomía de los niños con discapacidad visual, aunque en algunos casos requieran herramientas, adaptaciones o acompañamiento adicional.
En Colombia, 3.922 estudiantes fueron identificados con discapacidad visual en instituciones de educación formal durante 2024, de acuerdo con cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), categoría que incluye tanto a personas ciegas como a personas con baja visión. Más allá de aprender a realizar determinadas tareas, la autonomía implica desarrollar la capacidad de participar, elegir, asumir responsabilidades y desenvolverse en diferentes situaciones.
Para Julián Azuero, psicólogo del Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC), este proceso se construye progresivamente y la familia tiene un papel fundamental al permitir que los niños exploren, tomen decisiones y aprendan de acuerdo con su edad y sus capacidades.
Acompañar sin hacer todo por ellos
Uno de los principales retos para las familias es encontrar un equilibrio entre proteger al niño y permitirle desarrollar independencia. La sobreprotección suele estar relacionada con el temor de que pueda lastimarse, pero evitar constantemente que participe en actividades cotidianas puede reducir sus oportunidades de aprendizaje.
“La sobreprotección es un acto de amor, pero sobre todo de miedo”, señala Azuero. Para el especialista, reconocer estos temores es parte del proceso de acompañamiento. Brindar seguridad no significa impedir que el niño enfrente situaciones nuevas, sino proporcionarle las herramientas y adaptaciones que necesita para hacerlo de manera segura.
Esto puede comenzar con actividades sencillas como organizar su ropa, recoger sus objetos personales, tender la cama o asumir una tarea específica dentro del hogar.
El objetivo no es que haga todo solo de inmediato, sino que participe progresivamente en aquellas actividades que corresponden a su edad, recibiendo orientación mientras desarrolla las habilidades necesarias para realizarlas con mayor independencia.
Elegir y participar también es autonomía
La autonomía no solo consiste en realizar actividades sin ayuda; también implica expresar preferencias, participar en situaciones cotidianas y asumir responsabilidades.
Preguntarle qué quiere, escuchar su respuesta y permitirle elegir entre diferentes opciones son acciones sencillas que pueden contribuir a fortalecer su confianza y su capacidad para desenvolverse con mayor independencia.
Esto también supone reconocer que existen decisiones que corresponden a los adultos. Explicarles por qué determinadas elecciones no están en sus manos permite que comprendan los límites y, al mismo tiempo, encuentren espacios en los que sí pueden ejercer su autonomía. Este aprendizaje puede reforzarse durante los procesos de habilitación.
El CRAC cuenta con un servicio de Habilitación Básica Funcional dirigido a niños entre los 5 y 14 años con discapacidad visual, sus familias y sus instituciones educativas, orientado al desarrollo de habilidades que faciliten su inclusión educativa y social. Llevar estas herramientas al hogar permite que el aprendizaje se incorpore a situaciones reales de la vida cotidiana.
Una red que acompaña sin sustituir
El desarrollo de la autonomía también involucra al colegio y a otros espacios en los que participa el niño. Separarlo de sus compañeros durante actividades escolares o recreativas, incluso con la intención de protegerlo, puede limitar sus oportunidades de participación.
Por ello, es importante generar espacios en los que pueda compartir con otros estudiantes y participar en actividades comunes, contando con las adaptaciones que requiera. La familia, el colegio y los profesionales pueden conformar una red de apoyo que facilite su participación y le brinde acompañamiento, sin hacer por él aquello que puede aprender a hacer por sí mismo.
Para Azuero, este proceso puede comenzar con acciones sencillas de la vida cotidiana: permitirle organizar sus útiles escolares, ayudar a poner la mesa o intentar actividades nuevas, reconociendo sus avances y respetando su propio ritmo de aprendizaje.
La autonomía no significa dejarlo solo, sino acompañarlo de manera gradual y consciente, brindándole las herramientas, la confianza y las oportunidades necesarias para que, poco a poco, pueda desenvolverse con mayor independencia y asumir un papel cada vez más activo en su vida cotidiana.
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